jueves, 30 de enero de 2014

Príncipes rana y montañas basura



Mamá cuéntanos el del príncipe y la rana. ¡Síiii – gritaba mi hermana pequeña–, el del príncipe y la rana! Era nuestro cuento favorito y embelesadas escuchábamos la dulce voz de mi madre: “…No llores, princesa. Si prometes sentarme en tu mesa, darme de comer en tu plato y acostarme en tu cama, te devolveré tu bolita de oro”, dijo el sapo.


“Lo que quieras, lo que quieras, pero tráeme mi bolita”, contestó la niña, que pronto olvidó sus promesas y despreció al feo batracio, pues no sabía que en realidad se trataba de un guapo y rico príncipe casi tan encantado como esta semana se declaró Felipe de Borbón, al inaugurar en Tenerife una montaña de basura transformada en jardín botánico.



La vida es caprichosa y siempre se las arregla para colocarnos en situaciones que cuando menos resultan curiosas, como curioso es que, cuando se ha perdido la devoción por los cuentos de hadas y crece el movimiento republicano, se recurra a figuras de antaño para inaugurar la mutación que ha sufrido un antiguo vertedero.


Claro que si de acumulaciones y transformaciones se trata, de eso en verdad sabe bastante la realeza, acostumbrada a vivir en la opulencia y, según las historias de fantasía, a sufrir la irá y los hechizos de los malvados. “Son los malos, los envidiosos, que siempre nos atacan y nos culpan de sus desgracias”, podría esgrimir la hermana de Felipe para defenderse ante el juez, igual que ha dicho que recurrirá a la ceguera que le produjo el amor por Urdangarín.



Príncipes y princesas, reyes y reinas, hijos, nietos, primos y demás familia de sangre azul y sin ella; villas y palacios, banquetes, excentricidades y todo tipo de lujos, que flaco favor hacen a una sociedad del siglo XXI asfixiada por la crisis y la miseria en la que sobreviven miles y miles de familias.



España no necesita más cuentos. Es maravilloso soñar, pero nuestro principal sueño hoy es  poder afrontar las exigencias del día a día; llevar la comida a la mesa, pagar los estudios a nuestros hijos o abonar los pagos de la hipoteca, realidades cotidianas que para miles de personas  se han convertido en la principal y casi la única aspiración posible.



No. Las niñas ya no quieren ser princesas. Niñas y niños, hombres y mujeres de este país hoy queremos otras cosas. Está bien contar con nuevos espacios verdes, aunque en ellos hayamos enterrado más de una década de planes, proyectos y demasiados recursos económicos, pero mucho mejor sería acabar con gastos superfluos, mejorar el reparto de la riqueza; más libertad, más compromiso, mayor responsabilidad y menos sometimiento.



Blanca Delia García


jueves, 23 de enero de 2014

Fi-tur, yo no fi




Era lunes. Volvía a clase y podía enseñar a mis amigas mi suéter nuevo. Era muy caro, pero me empeñé y mi madre, que casi siempre me ha hecho el gusto en todo, me lo compró. ¡Qué bonito era! Me lo puse nada más levantarme, me bebí un vaso de leche y salí corriendo para la escuela.

Iba feliz, pero como suele suceder, la felicidad duró poco. ¡Oye – me apuntó una conocida situada detrás de mí en la fila que hacíamos para entrar al aula-, tienes el suéter roto! ¿Qué? No me lo podía creer, cómo era posible. Fui corriendo al baño y comprobé la desgracia: el suéter estaba rajado desde debajo de un brazo hasta media espalda.

Llena de rabia me quité la prenda y me la até a la cintura. “Cuando llegue a casa se va a enterar”, me dije para mis adentros. “¿Fuiste tú? Yo no fi, yo no fi”, balbuceó mi hermana, que tenía miedo de reconocer su falta. El suéter le gustaba tanto como a mí y lo había cogido; se enganchó y lo rompió, pero sabía lo que me dolía, así que no dijo nada, como nada me dice ya Fitur.

Ayer se inauguró la Feria Internacional de Turismo y yo no fui. Yo no fi, como hubiera dicho aquella niña pequeña. Este año tampoco. Hace tiempo que dejé de creer en lo que allí se dice y hace, un puñado de apariencias y afirmaciones huecas como la que hizo el presidente regional al asegurar que “Canarias está de moda”.

El representante autonómico aludió a las buenas cifras con las que el Archipiélago cerró 2013 - más de 12,1 millones de turistas – y a las reservas previstas para este año pues, según aseguró, se cifran ya en un millón de plazas más.  Y se suman a estas declaraciones la de otros mandatarios canarios que han aludido a las grandes cantidades de dinero generadas por el turismo.

Los beneficios para cada isla se cuentan por millones de euros. Sí, han leído bien. Así se ha dicho en el entorno de Fitur: millones de euros, que incluso llegan a duplicar presupuestos insulares y a los que hay que añadir los dineros de los ayuntamientos, los cabildos, el gobierno regional, el ejecutivo nacional y, por supuesto, la inversión privada. ¿Cómo es posible entonces que sigamos siendo un territorio con tantas necesidades y tanto paro?

Algo falla en Canarias donde presumimos de tener uno de los mejores índices turísticos y no nos avergonzamos de ser una de las regiones con más desempleo, peores sueldos y prestaciones públicas más precarias. Es verdad que la promoción siempre es buena, pero mejor sería dejarnos de “maravillas” y afrontar con verdadera responsabilidad la gestión de los recursos.

jueves, 16 de enero de 2014

Aborto de ley




¡Aaaahhhh! ¡aaaahhhhh! La pequeña chillaba tirada en la acera. Había salido corriendo y tras cruzar la puerta de su casa se tumbó a patalear y llorar para que todos la vieran. ¿Pero qué te pasa? Le dijo una vecina. ¡Aaaahhhh! Gritaba una y otra vez como única respuesta a las preguntas de la gente que se asombraba al ver su estado.



¡Aaaahhhh! Dije de nuevo, hasta que por fin pude contestar: “¡Que mi padre me arrancó un diente!” Era un diente pequeño, que se movía desde hacía varias semanas, pero me lo habían quitado y no me acostumbraba a la pérdida por mucho que me aseguraran que pronto me saldría un nuevo incisivo mucho más grande y más fuerte.



No lo entendía y no escuchaba los consuelos y los comentarios que se hacían a mí alrededor. Tenía unos 5 años y aquel comportamiento que hoy provoca risa no resulta tan simpático cuando se reproduce entre los miembros de un Gobierno nacional, hombres y mujeres supuestamente bien formados y preparados para gestionar los destinos del país.



Igual que hice yo aquella tarde de mi infancia, Rajoy y su equipo se han dedicado a hacer oídos sordos ante la sociedad española. Resguardados por su aplastante mayoría han  aprobado leyes y reformas en contra de todos. Así lo han hecho, entre otras, con la Reforma Laboral, con la Ley de Educación, con la Ley de Administración Local, con la Ley de Tasas Judiciales, y con todos los recortes que están imponiendo a los más débiles.



Lo han hecho y si pudieran lo seguirían haciendo, de ahí el recorte de derechos y libertades que nos han preparado con su Ley mordaza de Seguridad Ciudadana o mucho más reciente con la Ley del Aborto, que más bien podríamos llamar Aborto de Ley, pues ha generado un descontento y un rechazo tal que sus ecos suenan por toda Europa y, por supuesto, también se deja sentir entre sus disciplinadas filas.



El fundamentalismo siempre resulta peligroso y con toda probabilidad los gobernantes han empezado a verle las orejas al lobo, de ahí que estén reculando en asuntos tan sangrantes como el copago sanitario, que no suponía ningún ahorro y sí un verdadero retroceso y perjuicio económico para los ciudadanos.



Y tendrán que retroceder igualmente en esa legislación machista que no respeta el derecho a decidir de las mujeres, pues de lo contrario se arriesgan a verse dentro de dos años como aquella niña que lloraba desconsolada por la pérdida de lo que consideraba una propiedad y que, sin embargo, no suponía, ni supondrá, más que un paso necesario para poder avanzar.

Buenos propósitos de Rivero y Rajoy



Era amarillo y muy ligero. Se habían puesto de moda y los Reyes Magos no lo dudaron. Uno para mí y otro para mi hermana, que nada más cogerlo supo cómo usarlo. Siempre ha sido más hábil que yo y, aunque ahora lo digo orgullosa, de pequeña me enfurecía. Corrí hacia ella y le quité su hulahoop. No era posible que siendo más pequeña lograra lo que yo no podía. Supuse que su juguete era mejor que el mío, pero mi destreza no mejoraba.

Cuando terminó de reírse, mi madre cogió a las dos niñas y nos obligó a hacer buenos propósitos. “Acaba de comenzar un nuevo año y vamos a intentar llevarnos mejor”, nos dijo y las dos aceptamos. Yo me comprometí a compartir el aro amarillo que quedaba sano y mi hermana aseguró que me enseñaría unos trucos, de los que me he acordado a raíz del primer encuentro anual de los presidentes Rivero y Rajoy.

Claro que lo que nos disputábamos mi hermana y yo era sólo un juguete y lo que está en juego entre los mandatarios canario y nacional es la posibilidad de una financiación más justa para el Archipiélago o, lo que es lo mismo, que se reduzcan las diferencias y haya un mayor equilibrio inter regional.

¿Es posible? ¿Cabe un mayor entendimiento y un mejor reparto de los fondos públicos nacionales cuando se apuesta por el centralismo, se imponen criterios de población y se relegan singularidades, o cuando existen comunidades autónomas que pese a ser de las más ricas se sienten agraviadas y plantean la independencia?

El actual gobierno de España no está sabiendo conciliar intereses. Más bien alimenta  descontentos, que ya surgen incluso entre las disciplinadas filas del partido que ostenta el poder. Puede que tengan razón quienes reprochan el discurso victimista que caracteriza a los nacionalistas canarios y, sin embargo, el mensaje hoy tiene más razón que nunca.

La visión de las Islas que se trasluce tras las cuentas estatales se corresponde más con la de un lugar para que nacionales y extranjeros pasen sus vacaciones que con la de una autonomía con los mismos derechos de progreso y desarrollo que el resto del país. ¡Pero si hasta se ha reimpuesto el certificado de residencia para que los canarios podamos viajar!

La crisis ha servido de excusa para que el Gobierno central reduzca de manera muy alarmante el dinero que destina a Canarias, por lo que temo que los buenos propósitos presidenciales de este inicio de año  se asemejen a aquellos de mi niñez, impuestos por las circunstancias y, en este caso, ni siquiera guiados por el amor entre hermanos.