viernes, 11 de enero de 2013

He vuelto a oír croar a las ranas






Ayer volví a oír croar a las ranas. Hace justo 5 años que su canto me cautivó por primera vez y ahora ha vuelto a sorprenderme como me sorprendieron tantas cosas cuando llegué a la Isla. Vine a trabajar y toda mi experiencia no era suficiente para afrontar los retos del nuevo empleo.



Nuevos nombres, nuevas gentes, nuevas costumbres, nuevos paisajes. Había estado antes en la Isla pero sólo de vacaciones o de paso hacia otro lugar, cargada por tanto de emociones que apenas dejaban hueco para las maravillas de los roques de Agando, la lucha de los árboles en busca de la luz dentro de un bosque espeso, la magia del Garajonay, la fuerza del silbo, la reserva de las personas…



Nada de todo eso conocía, como no conocía topónimos ni lugares alejados, en los que la vida se abre paso a fuerza de voluntad y sacrificio. Y eso es precisamente lo que yo ponía para lograr sacar adelante mi tarea cotidiana.



Entraba a las 8 de la mañana y nunca salía antes de las 8 de la tarde, que en invierno es ya noche cerrada. Era entonces cuando las escuchaba. Las calles más próximas a mi oficina ya se habían vaciado, dando paso a las que yo imaginaba cientos de ranas cuyo cantó era para mi una bella melodía.



Luego dejé de oírlas. Pensé que las edificaciones que poco a poco fueron surgiendo en el entorno las habían ahuyentado, de modo que sólo quedaban entre mis recuerdos, cada día más ricos gracias a todo lo que en la Isla iba aprendiendo.



Cinco años alejada de casa y de la familia, en una tierra amiga pero distante y en un trabajo que exige horas y horas de dedicación, pues se construye y destruye cada día para dar paso a una nueva jornada, es mucho tiempo. Sin embargo, un día descubrí que ya formaba parte del paisaje y todo era un poco más fácil.



Siempre estaré agradecida a la Isla por lo mucho que me ha enseñado en estos años de madurez profesional y personal, igual que siempre guardaré en mi memoria el croar hipnótico de aquellas ranas, que ayer, paseando por la avenida en torno a las nueve de la noche, volví a escuchar.



Este año ha llovido mucho. El agua corre por los barrancos del mismo modo que lo hizo aquellos primeros meses de 2005, cuando se llenaron las presas como la de Chejelipes e incluso la de Amalahüigue, la más grande de la Isla. Y con esas lluvias han vuelto las ranas, que otra vez nos deleitan noche tras noche desde el cauce del barranco de la Villa.






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